Todos tenemos obras de arte favoritas. Incluso quienes piensan que una pintura en un museo no es algo que le llame la atención deben recordar que la música y la actuación también es arte.

La pasión por el arte puede iniciar en cualquier momento, cuando menos lo espera uno. En mi caso, los dibujos, las pinturas y el baile me han gustado mucho desde que tengo uso de razón, la literatura llegó a cambiarme la vida en la secundaria, pero lo que me transformó por completo fue estudiar historia del arte a mis 16 años, y justo de eso quiero hablarles hoy. Descubrir mis obras de arte favoritas fue algo muy personal, una epifanía, casi una experiencia religiosa, y quienes disfrutan del arte seguramente me entenderán.
Voy a empezar con un cliché, lo siento. Florencia es una ciudad medieval que encanta, pero donde perdí el piso fue en la Galería de los Uffizi. Después de meses preparando el viaje, y tras pasar ya algunos días con mi grupo de historia del arte, por fin había llegado el momento, parecía niño antes de la mañana de navidad. Llegamos al museo, entramos en una fila con boletos especiales de estudiantes, y empezamos el recorrido junto con todos los turistas que visitaban la Toscana en el verano. Una sala tras otra, hasta que nos detuvimos después quizá de una hora para que nuestra profesora nos explicara lo que creo era una pintura más, hasta que giré y la vi. Casi sin darme cuenta, hipnotizado, mis pies me fueron llevando poco a poco a la sala siguiente, donde detrás de unas dos o tres decenas de turistas, ahí estaba, El Nacimiento de Venus (Sandro Botticelli, 1484). La diosa del amor llegaba desnuda y hermosa a la playa sobre una concha, ayudada y recibida por otros seres mitológicos, y me miraba a mí, sólo a mí. Poco a poco los otros turistas se fueron desplazando hasta que nadie se interponía entre el cuadro y yo. No sé después de cuánto tiempo escuché a lo lejos la voz de mi profesora detrás de mí, diciéndole a mi grupo algo como “él ya sabe lo que les estoy contando”, hasta que comenzaron a avanzar a la sala siguiente, y tuve que despedirme unos minutos después, pues sabía que ya se encontraban dos o tres salas más adelante, y que ya me había perdido de un par de explicaciones que vendrían en el examen.

La pequeña pero majestuosa Galería Borghese es una de las atracciones más subvaluadas en Roma, no porque siempre esté vacía (al contrario, generalmente hay que esperar un poco para poder entrar), pero casi todos los turistas le dan prioridad a las ruinas romanas, sobre todo si visitan la capital italiana por dos o tres días. Al empezar mi recorrido, jamás creí que me enamoraría de esa forma. De nuevo, una sala tras otra, con un aire imperial y más íntimo que la galería. Y de pronto, Apolo y Dafne (Bernini, 1622-25) hicieron que la sangre en mis venas corriera a mil por hora. Es la escultura de un amor mitológico no correspondido, pero la obra lo explica perfectamente por sí misma. Los que saben de estatuas saben que los detalles y las posturas hacen que esta escultura sea una de las más admirables del mundo por la dificultad de su creación. Pero además, uno como espectador, sufre el amor incondicional en el rostro de él y el miedo en el de ella. En el momento en que él la toca, ella se transforma en un árbol de laurel, con raíces saliéndole de los dedos de los pies y enterrándose en la tierra, y ramas y hojas emergiendo de los dedos de sus manos y de sus cabellos, levantándose en el aire.

No hay turista que haya ido a Pisa y no se haya tomado la foto “deteniendo” la torre, pero el verdadero tesoro de esa plaza es el baptisterio. Por fuera parece un bello edificio con detalles góticos ya de por sí bastante impactantes, y su “austero” interior no impacta particularmente, al menos a primera vista. Sin embargo, lo que hay que valorar, no se puede hacer con los ojos, sino con los oídos. Al encontrarse dentro, uno debe ser paciente, ya que cada cierto tiempo, el guardia se encarga de callar abruptamente a los ruidosos turistas y de ubicarse en el centro del lugar, debajo de la cúpula. Los turistas confundidos nunca saben si esperar un espectáculo o instrucciones por algún problema. Es entonces cuando el guardia mira hacia arriba, forma un cilindro con sus manos alrededor de su boca, y grita “OH” unas dos o tres veces, un sonido grave e intimidante. SPOILER ALERT. Poco a poco, las ondas del sonido comienzan a rebotar en las paredes perfectas del baptisterio, y lo que uno termina escuchando, con los ojos cerrados, no es el grito del guardia, sino un coro de ángeles respondiéndole con sonidos prolongados y celestiales, metiendo a todos en un trance acústico y divino.

¿Y por qué les platico esto? Porque si ya tienen una obra de arte favorita, me gustaría que nos hablen a todos de ella. Pero lo más importante, porque si aún no la tienen, o si de plano creen que el arte no es para ustedes, los invito a darle una oportunidad, que vayan a museos, que exploren ciudades, y que hagan algo diferente, porque nunca saben cuándo el arte les va a cambiar la vida como a mí.

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