Así luce un paso de cebra con los colores de la bandera LGBT+ en Amberes, esquina con Liverpool, a una cuadra de donde fue asesinado Armando 'N'. / Foto: Lily Duhne (Instagram: @lilyduhne)

Tras el asesinato de un cliente del Híbrido, un hombre cuenta el acoso que sufrió en Zona Rosa y cómo ese lugar seguro para los LGBT+ ha dejado de serlo.

Por Christian Cabrera (Artista escénico de CDMX orgullosamente gay)

*Esta opinión no necesariamente refleja el punto de vista de Homosensual.

Hace unos años, cuando era un tierno e inocente jotito, caminaba por la calle de Londres en la Zona Rosa. Un grupo de albañiles empezaron a gritarme las típicas frases de «pinche puto», «joto asqueroso», «ven y demuéstranos por qué son mejor que las viejas», etc. No conforme con eso, me empezaron a seguir y a acosar, y de los insultos pasaron a las amenazas. A decirme que me iban a volver hombre a punta de madrazos, a aventarme agua… Yo seguía caminando, cagándome de miedo, ignorándolos y rezando que no pasara de acoso callejero.

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Gracias al cielo, me topé con un lugar que tenía la bandera del arcoíris y me metí corriendo. No sabía si estaba abierto o no. Le conté lo que pasaba a la primera persona que vi, que resultó ser de seguridad. Y él me dijo: «Tranquilo, no se van a meter a un lugar de putos, aquí estás seguro».

Esto que les platico no pasó en los 80, ni en los 90. Pasó en el 2005 en Zona Rosa, a las 4 p. m. El lugar en el que me refugié fue un “Tito”. Ya ha pasado mucho tiempo. Se han abierto más lugares para putos. Y a pesar de las mil y una irregularidades que puedan tener —el buen o mal servicio, la venta de drogas (siempre ha habido, no es algo de ahorita)—, eran lugares donde los miembros de la comunidad LGBT+ se sentían seguros para ser, porque estaban en su lugar.

Así luce la jardinera de Florencia y Liverpool en Zona Rosa. / Foto: Luis García

Siempre ha habido bugas que van a los antros elegebeteros, mayormente mujeres porque se sienten seguras. Y hasta hace poco eran lugares libres de acoso. No sé, no ubico en qué momento hubo una invasión de bugas a varios de nuestros lugares desplazándonos y haciéndonos sentir incómodos en ellos. Un ejemplo muy claro: “La Puri”.

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No ubico en qué momento los lugares de ambiente dejaron de ser seguros para la comunidad.

¡Ojo! No me refiero a instalaciones, cosas de servicio ni a la mala capacitación de la seguridad. Porque sé que después de tantos años de clandestinidad y secretismo, el ambiente elegebetero gusta de los congales con toques arrabaleros. Y que antepone muchas veces el ambiente y música del lugar que la calidad del mismo.

Me refiero a la seguridad que te brinda el saberte respetado en ese lugar. Saber que no te van a negar el servicio por verte muy joto o a malmirarte por ser vestida. Saber que el equipo del lugar te va a RESPETAR, punto. Ya si algún cliente te falta al respeto es diferente y depende de cada quien cómo reaccionar.

Obviamente esta decadencia de la vida nocturna no solo es responsabilidad de los lugares LGBT+ —porque los lugares bugas tienen los mismos pedos— ni de los dueños totalmente. Como clientes cargamos con buena parte de responsabilidad. Pensamos que por pagar un cover podemos comportarnos como un dolor de huevos con los meseros y/o hacer lo que se nos pegue la gana, y no.

Nos quejamos de que venden drogas, pero las consumimos. Ya pedos nos volvemos monstruos prepotentes. Sí, ya sé que estoy generalizando y que a lo mejor tú no lo haces, pero estoy seguro de que has visto a chingos de personas hacerlo (y posiblemente de tu grupo cercano).

¿A qué voy con esto?

Todos hemos sido testigos de peleas bastante feítas en muchos bares de Zona Rosa. Sí, la mayoría en los bares chakitas. Pero hasta en los bares mamones de Polanco han habido peleas en las que tienen que actuar los elementos de seguridad, y ahí empieza a crecer el pedo. Entre la prepotencia de los clientes ebrios y la mala capacitación de los de seguridad se dan situaciones que pueden terminar como la ocurrida la madrugada del domingo en Híbrido.

La víctima, Armando ‘N’, tal vez no era miembro de la comunidad pero se estaba divirtiendo en un lugar elegebetero. Tal vez sí armó un desmadre adentro que ameritó que lo sacaran del lugar. Pero eso no justifica el exceso con el que reaccionaron los de seguridad, y mucho menos merecía morir.

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La muerte de este chico es un crimen horrible, —presuntamente— no de odio, pero abre una ventana para buscar volver a hacer nuestros lugares seguros para todos.

Los dueños tienen la obligación de dar un buen servicio en su lugar, de contratar a personal de seguridad bien capacitado y con protocolos de acción para atender población diversa. Y más en lugares elegebeteros, donde cualquier cosita puede ser tomada como homofobia. Sobre todo porque viven del dinero rosa.

Nosotros, como clientes, también tenemos la obligación de cuidarnos, salir a divertirnos responsablemente, ser educados con el personal de los lugares, cosa que debe ser recíproca. Y claro, hacernos responsables de nuestros actos. O sea, si hacemos algo que sabemos que rompe las reglas del lugar y nos piden abandonarlo, no hacerla de a pedo e irnos. ¿Para qué buscar provocar a los elementos de seguridad?

Y en caso de ser víctimas de abusos, mal servicio, etc., poner las quejas o demandas correspondientes.

Si no se encuentra una solución a la crisis que actualmente vive la vida nocturna LGBT+ particularmente —las campañas que buscan cerrar los bares gays de Coyoacán, el incremento de casos de “[email protected]” en Zona Rosa, lo ocurrido en Híbrido, etc.—, muchas personas que dependen de ella (la vida nocturna) para vivir van a perder sus ingresos. Y no solo barmans, meseros, seguridad, intendencia, valets, sino también muchas drags y transformistas que ya no tendrían espacios para hacer su arte.

Hay que exigir justicia y que se castiguen a los responsables de la muerte de este chico. Gay o no, era un ser humano que no merecía morir así.

La pregunta —ya para cerrar este mamotreto— es: ¿qué vamos a hacer para evitar que se repita lo del domingo en Híbrido?

Yo extraño esa Zona Rosa donde me sentía seguro… ¿Y ustedes?