Homosensual te presenta el testimonio de Isaac, quien fue obligado a asistir a una terapia de restauración sexual. / Foto: Especial

Conoce la historia Isaac, quien fue obligado a ir a una terapia de restauración sexual realizada por una psicóloga cristiana de Exodus Latinoamérica.

Toda mi vida pasé yendo a la iglesia, una iglesia cristiana en la cual nos enseñaban muchas cosas, pero igual condenaban otras tantas. Toda mi infancia crecí escuchando que la homosexualidad era pecado y que el ser homosexual me llevaría al infierno. A los 10 años tuve una clara idea de qué era la homosexualidad y me aterré porque me di cuenta de que yo era homosexual y no quería serlo, pues me iría al infierno y mi familia al cielo.

Fue entonces cuando comencé a pedirle a Dios con mucho fervor que me curara. Recuerdo que lloraba y le decía que no quería ser así. Que me sanara y me perdonara por sentir atracción por niños.

Pasaron muchos años y las oraciones por mi parte no paraban en suplicarle a Dios que me cambiara, algo que no sucedía. Entonces comencé a pensar que Dios no me escuchaba, que no me quería. Seguía yendo a la iglesia y sintiéndome culpable por ser quien era. Era algo complicado, pero igual los deseos y atracción por los hombres no se iban.

A los 14 años tuve mis primeros encuentros sexuales, los cuales siempre al concluir me hacían sentir culpable y corría y pedía perdón de mil formas a Dios.

Cuando tuve 16, mis papás descubrieron que tenía revistas pornográficas gays y me confrontaron preguntando si lo era. Mi respuesta fue NO LO SOY, pues durante la confrontación mi mamá dijo que si lo era, no me quería cerca. Que prefería que me fuera lejos, que ellos me mantendrían y darían estudio pero que en definitiva no quería ver cómo su único hijo varón moría de sida y en pecado, pues siempre pensaron que si eras homosexual y morías era por esa razón.

Tuve miedo y como dije: lo negué.

Mis padres ocupaban un cargo importante dentro de la iglesia —maestros de líderes—, por lo cual la religiosidad y las creencias estaban muy arraigadas en ellos. Cuando tuve 21 años mi vida se había convertido en una bomba de tiempo a punto de estallar. No soportaba callar el secreto de mi doble vida. Era gay y me sentía solo. Era Isaac contra el mundo, entonces llegué a un punto de quiebre: decidí que no quería vivir más.

Nadie merece vivir con culpa solo por amar a una persona de su mismo sexo. Amor es amor. / Foto: Tumblr

La forma más fácil que había encontrado fue tomar pastillas. Y pues, decidido a hacerlo justo en la noche, me despedí de ellos y subía la escalera a mi habitación cuando me llaman, me sientan a la mesa y me preguntan nuevamente si era homosexual.

Para ese momento yo ya no podía más y lo acepté, con miedo a la reacción que tendrían. Mi mamá solo dijo: “Eres mi hijo y te amo tal cual eres “. Cabe señalar que para este punto mi mamá había conocido y convivido con muchos jóvenes gays a los cuales trató como amigos y descubrió que eran personas buenas, y que lo que sufrían por el rechazo de sus padres no era lindo, ni tampoco el bullying de cual eran objeto. La reacción de mi papá no fue tan positiva. Él dijo que su hijo era varón y que como tal, tenía que ser.

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Al ser un problema que ellos consideraban fuerte, lo comentaron con el pastor de la iglesia, el cual sugirió tratamiento con una psicóloga cristiana que me ayudaría a cambiar a través de una terapia de restauración sexual.

Comencé a visitar a la psicóloga una vez por semana —los viernes para ser exacto—, después de salir de la universidad. Recibía una terapia a base de lecturas guiadas basadas en la Biblia, en donde condenaban la homosexualidad y dejaban en claro que Dios me amaba a mí, pero no a mi pecado.

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Los materiales empleados eran de una organización a la cual ella pertenecía que se llama Exodus Latinoamérica, filial de Exodus International. Las terapias eran fuertes emocionalmente, pues al final todo era en renegar quien eres. Yo en lo personal salía mal emocionalmente, tenía todo el fin de semana para reponerme, pues estaba el sentimiento de “Dios me quiere cambiar pero soy yo el que no quiere, soy yo el que está mal“.

Llegaba a casa con fiebre y malestar estomacal. Claro, por mi forma de ser parecía que no pasaba nada. Mantenía mi buen humor, aunque por dentro me estaba quebrando. Ya no podía más. Fue casi un año de terapias en las cuales mis papás invirtieron dinero, pues cada consulta tenía un costo de $250, más el material de lectura.

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La terapia de restauración sexual le hizo mucho daño a Isaac, según su testimonio. / Foto: Tweb Club

Yo decidí que no quería ir más, ya no lo toleraba. Mis papás accedieron que suspendiera el tratamiento y de ahí en adelante las cosas fueron cambiando, comenzando con la forma de pensar. Mi papá, que era el más inconforme, comenzó a leer más. A veces llegaba con ideas de “pero deberías casarte con un buen hombre” y a veces me decía que tomara un voto tipo de castidad.

Pasaron más de cinco años para que ambos aceptaran que era gay. Se alejaron de la iglesia, dejaron su cargo y todo. Hoy en día su postura es sin duda la mejor, y le doy gracias a Dios por ello, porque me apoyan. Y como lo han dicho en repetidas ocasiones: soy su hijo, me aman y me van a defender de quien sea que se atreva a querer lastimarme.

Además de las sesiones de terapia, ¿qué incluye el “tratamiento” de Exodus Latinoamérica?

Exodus tiene congresos a los que tienes que ir como parte del tratamiento, congresos a los que nunca fui, pero que en definitiva no creo que sean lo mejor. En 2013, el último presidente de Exodus International, Alan Chambersenvió una carta disculpándose primero con los familiares de los jóvenes que no soportaron más y decidieron quitarse la vida, y con quienes pasamos por el tratamiento y logramos seguir adelante.

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Y aunque Exodus International cerró, Exodus Latinoamérica sigue funcionando, tiene su sitio web, página de Facebook y todo. Hace un par de años vi una película que se llama Plegarias por Bobby y hay un momento en el que la mamá de Bobby dice que no olviden que en la iglesia hay niños escuchando. Y me recordó aquellos días en los que le pedía a Dios llorando que me cambiara.

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Tras muchas lecturas e indagaciones que he hecho descubrí que Dios no tenía que cambiar nada en mí, pues él me ama tal cual. Por eso me creó así a su imagen y semejanza. Actualmente no asisto a ninguna iglesia pero me sigo considerando cristiano. Eso no va a cambiar en mi vida, pues la gente en la calle o en la iglesia me pueden señalar y juzgar por como ellas llaman mi estilo de vida, pero mi relación con Dios es buena y es la que me basta.

Ahora, en cuanto a cambiar la orientación sexual…

Yo creo que eso no es posible. Pienso que solo se puede contener si se tiene mucha fuerza de voluntad, pero no cambiar. Al final, como el agua al río, todo toma su cause. Y en definitiva creo que es mucho mejor aceptarse que engañarse a sí mismo y a las demás personas, como a la familia y a la pareja. No se puede ni debe cambiar a nadie, solo se le debe amar y aceptar tal cual es.

Las terapias en sí me causaron mucho daño; sin embargo, tuve que sacar fuerza y romper con eso, pues mi espíritu, mi esencia, quien era, se estaba quebrando. Era un suplicio ir a tomar terapias, yo por lo menos sentía que me estaban matando de alguna forma por dentro, y claro: la culpa era permanente.

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No permitas que nada ni nadie te diga quién eres. Deja que tu corazón y tu naturaleza dicten tu andar y recuerda que Dios te ama, no por cómo vistes, ni por la persona a quien amas, sino porque él te creó perfecto a su imagen y semejanza.

Queridas y queridos lectores: recuerden que tienen derecho a ser felices. Sean auténticos. ¡Sean ustedes!

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